jueves, 6 de septiembre de 2012
Capítulo 23
Nos sentamos a hablar sobre la cama de la azotea, de Rosario, nuestra infancia, sus valles, sus habitantes, su vida, mi vida. Como cualquier otro juego tonto, acabamos escribiendonos cosas en la espalda con el dedo, muy despacio se me ocurrió qué decirle, mientras nos acabábamos el vino que trajo la otra noche.
da: "PATO"-Escribí yo.
lm-¡Estás loca!-Respondió él en voz alta. Riéndose.
da:"Por ti"-Creo que es lo más alocado que había hecho hasta el momento...darle esa respuesta.
lm-¿Me querés?-Preguntó alarmado.
da:"Sí".-Escribí de nuevo sobre su espalda.
lm:"PUES-BÉSAME"
Lo escribió muy claro y con fuerza sobre la parte más centrada de mi espalda, y yo...¿cómo iba yo a negarle eso a Leo? Le tenía demasiadas ganas.
Coloqué mi frente sobre la suya y respiré hondo esperando a que me llegara su olor, a miel y romero, no podía evitar todo aquello, y es que su cuello estaba tan cerca que no me quedó otra opción que morderlo.
lm-¡Ah! ¡Qué obsesión tenés eh!
Tenía razón, desde el momento en que le vi le prestaba más atención de la que en alguna ocasión había requerido o incluso merecía.
Volví a colocar la frente sobre la de Leo.
da-Te voy a comer.-Susurré.
Me aferré a su pelo de detrás de la nuca, enmarañado con mis manos entrelazadas, y con ansia, tiré de él hacia mí.
Le miré a los ojos y fue como si todo se hubiese reseteado por un momento, mi vida entera, desaparecí perdida en el profundo y negro infinito de su mirada.
Leo asintió confirmando mi movimiento, o dándome permiso para continuarlo, esta vez fue él el que se acercó un poco más a mí, abrí las piernas y me senté sobre sus piernas cruzadas, rodeándolo por la cadera con sensualidad.
Sus manos buscaron refugio en la zona más estrecha de mi torso y y por fín nuestros labios se juntaron en ese beso eterno del que ninguno quería salir, ese esperado beso que no había sido imaginado ni como la mitad de bonito de lo que en realidad fue.
Leo cerró sus ojos al volver a besarme, yo no lo hice, no podía, mantuve la mirada fija en él para acordarme de sus detalles, tan vez no volviese a tenerle tan cerca.
Sin dejar en ningún momento de besarle, ya que hubiese sido una patraña y una absurda pérdida de tiempo, me recliné sobre él, haciendo que se tumbase y le empecé a levantar la camiseta del pijama.
lm-No tenemos que hacer nada si no quieres.-Me dijo nervioso entre pequeños picos que cortaban las palabras sílaba por sílaba. Me puse un poco seria con el tema.
da-No hay nada que me niegue a hacer contigo.
lm-Me alegro mucho...-Dijo mientras volvía a besarme.
Me faltaban manos para abarcarle a él y todas las partes de su cuerpo que quería acariciar, si le estaba tocando el torso, necesitaba sentir su cuello, su cara, su espalda, sus manos...sujetarle los brazos y a la vez ayudarle a desvestirse, necesitaba un todo en uno. Lo quería todo con él, pero lo más claro es que todo lo que con tanta fuerza había deseado, era mío en ese momento, y me iba a aprovechar de la vida, porque ella se aprovecharía de mí en una situación así.
Le quité la camiseta y los pantalones y él me empezó a desnudar mientras sus manos paseaban moldeando mi cuerpo, y pulía los detalles con la yema de sus dedos.
Sus brazos protegían mi cuerpo, y sus labios lo embadurnaban en perfectos besos de pasión.
Metió las manos en los pequeños bolsillos traseros de mi pantalón corto y empezó a juguetear bajándolos despacio, con el objetivo, no solo de que me pusiera nerviosa, sino de relajarse él, tal vez era una cuestión de orgullo, el mero hecho de poder decir "Si quiero, puedo parar" pero se engañaba a sí mismo, porque su consuelo más inmediato eran mis labios y su fetiche, el roce de su piel con mi piel, esa consolación implacada por el deseo de continuar juntos, aunque fuese sin energía, sin fuerza, aunque pasaran los días, esa vitalidad desgarradora se apoderaría de él a la hora de besarme. [..............................]
Por la mañana me levanté y él aún seguía muy dormido, estábamos completamente desnudos, tapados con un enorme edredón, yo estaba de espaldas a él y él se abrazaba a mi pecho como un niño pequeñito a su oso.
Me liberé de su abrazo de oso con cuidado, me puse la ropa interior y me peiné con los dedos sentada al borde de la cama. Me levanté despacio pensando en el enorme desayuno que iba a hacerle.
Cuando estuve a punto de llegar a la puerta, carraspeó fuertemente, me giré, estaba despierto.
Me miraba con cara de "buenos días" y unos morritos muy sugerentes. Hizo un gesto con la mano indicándome que volviese con él, lo hice y me senté en el borde de la cama a observarle.
lm-¿Te ibas...? ¿Te arrepientes?
da-Yo...no, ¿Tu te arrepientes?-Pregunté nerviosa por cuál podría ser su respuesta.
lm-Me arrepentiré mucho si esto no vuelve a pasar. Porque ya te he probado y...
da-Ya...claro.
lm-¿Y a dónde te maschabas?
da-Te iba a hacer el desayuno, pero si estás despierto la sorpresa pierde absolutamente todo su sentido...
De entre sus colmillos salió una sonrisa irónica que se dejó ver pocas milésimas de segundo.
Abrió el edredón con un brazo invitándome a tumbarme de nuevo a su lado, dejándome de fondo la imagen perfecta de su escultural cuerpo desnudo. Tardé un par de segundos en asimilar tantísima hermosura y finalmente me tumbé con él. Estábamos tan pegados que no dejábamos espacio ni para el aire.
Yo miré sus ojos y me quedé tranquila después de haberme vuelto a perder en su mirada. Me dio la mano y estuvimos ahí casi una hora.
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