miércoles, 26 de diciembre de 2012
Capítulo 36:
Confesiones.
Me desperté abrazada a él, exactamente en la misma posición en la que nos habíamos dormido, le vi tan tranquilo, que no parecía él, no parecía ese pequeño que corre con un balón en los pies, y adelanta a quien se proponga. Al abrir los ojos, noté cómo el viento me helaba, y es que habíamos dormido con la ventana abierta.
Leo parecía tiritar, así que me estiré para intentar cerrarla sin molestarle, algo poco efectivo, porque Leo estranguló mi cintura para que no lo hiciera, como si fuese una serpiente. Aún dormía. Me abracé de nuevo a él como pude, intentando darle calor, con mi brazo escayolado, me aferré a su cuerpo, con mi mano libre, cogí la suya. Le besé lentamente, para no despertarlo, ya que parecía un angelito. No se inmutó.
Empecé a hablarle al oído, como una cotorra borracha, parecía que no iba a callarme nunca, o eso sentí yo.
da-No tienes ni idea de lo que he deseado esto, poder abrazarte mientras dormimos, besarte, sentirte, eso ha sido lo peor, no sentir que estabas a mi lado en todo momento...echarte de menos, me ha dolido, muy profundamente, y ahora, estoy empezando a curarme...¿sabes? un mes sin ti es como...es más doloroso que un parto, aunque no sé lo que es parir pero, si se aguanta y sobrevive, no será tan horrible como esto. He soñado contigo prácticamente cada noche, una y otra vez, y eso era lo mejor que me pasaba en todo el día, que en mis sueños, tu me querías tanto, como yo te quiero a ti...me gustaría que fuera real, pero eso no es posible...aún así, tengo la esperanza porque....porque te amo, Leo.-Le miré, esperando alguna clase de reacción, pero no, ni siquiera se movió, dormía como un oso hibernando, o peor.
Aún así me sentí satisfecha de haber sido suficientemente valiente como para contarle todo aquello.
En aquel instante tenía la consciencia dividida en tres partes razonables, la primera, esa que se sentía orgullosa de haberlo dicho todo, la segunda, la que me odiaba por haberlo dicho en voz alta, en el fondo parecía algo más oficial si lo expresaba, y no quería hacer oficial algo que posiblemente no acabaría bien, y la tercera era la más fuerte, la que ansiaba porque Leo lo hubiese escuchado todo, y sin embargo, también me odiaba por que...si lo había escuchado, ¿por qué no había respondido? En definitiva, me había vuelto loca, y no había forma de arreglarlo.
Un buen rato después, Leo se levantó de golpe. Saltó y me dio un beso en la frente.
lm-¡Vámonos dormilona, tengo que enseñarte algo!
da-Qué energías...normal, con lo que has dormido...
lm-¿Te gustan los caballos?-Arqueó una ceja.
da-Supongo.-Respondí sin enfocar a dónde quería dirigirse con esa estúpida pregunta.
Me puse un chándal, como él me indicó y nos fuimos.
Cogimos el coche, estuvimos en carretera casi una hora, algo callados los dos. Llegamos a las afueras de la ciudad.
da-¿Un club de hípica?-Pregunté extrañada.
lm-¿No te gustaban los caballos?
da-Sí, pero para verlos de lejos, muy lejos...
lm-Me viene perfecto entonces...-Rió entre dientes.
da-¿Por qué?
lm-Eso lo verás ahora...
Entramos dentro del pequeño edificio de madera que nos rodeaba.
ma-Hola Leo, ¿Lo de siempre?
lm-¿Qué tal Mariela? ¿Cómo va?
ma-Como todos los años, niñito..
lm-Te dije que no me llamaras niñ...da lo mismo, ¿está libre Sexto? Es que hoy vengo acompañado y Jandro es muy chiquito.
ma-Sí, cójanlo.
Leo me dirigió a los establos y abrió una puerta de la que despacio, salió un enorme y precioso caballo de color azabache.
lm-Este es Sexto y nos va a dar un largo paseo por el bosque hoy.
da-¿Encantada?-Leo se rió de mí.
Montó todos los cachivaches necesarios para que pudiéramos montarnos en el caballo, me ayudó a montar, y se sentó él detrás.
En caballo se puso en marcha y caminó despacio hasta fuera del establo.
Leo sujetó las riendas con una mano, y con la otra agarró mi tripa para evitar que yo me cayese, gritó alguna cosa rara y el animal se puso a correr, me acojoné, mucho.
Después de una hora corriendo por allí, nos dimos cuenta de que eran las tres y Leo sobretodo, tenía la natural necesidad de comer, así que buscamos un restaurante por allí, y al bajarnos del caballo, distinguí una figura muy especial.
Empecé a correr al grito de "Jairo", cuando me vio, me lancé a abrazarle.
ja-¿Qué haces vos acá?
da-Pues ya ves...¿y tu?
ja-Yo vine a dar un paseo con Perla.-Señaló una yegua de color canela que caminaba a un lado del restaurante.
Leo se acercó despacio.
da-Leo, este es...
lm-Jairo Tinelli.
ja-¿Cómo estás, hermano?-Chocaron sus manos a modo de saludo. Les miré extrañada.-Mi papá le busca patrocinadores, por cierto Dani, no me extraña que te vinieras desde allá, este es un partidazo.-Rió.
lm-Gracias Jairo.-Alzó la cabeza.
ja-Ya sí, gracias, pero que no me entere de que no la cuidas rebien, es encantadora.
lm-Sí, eso haré.
ja-¡Ah! Leo, ¿puedo decirte algo en privado?
Me aparté despacio y caminé hacia el restaurante, sin dejar de mirarlos, ¿por qué privado?
Hablaron algo y luego Jairo vino a despedirse.
Leo se sentó conmigo en la mesa que yo había escogido.
da-¿Qué hablabais?
lm-Es un secreto.
da-Pero es que yo no te guardo secretos...-Me quejé intentando sonsacar información.
lm-Me ha dicho que...te quiera, y que tu me quieres mucho. Casi me lo ha pedido.
da-¡Mentiroso!
lm-¿Yo? Nunca.
da-No, tu no, ¡Jairo!
lm-¡Eh! Todo lo que dijo es verdad.
da-¿Cómo lo sabes?-Intentaba picarle.
lm-¿Que me quieres? Es por...la cara que se te pone cuando me ves al despertarte.
da-No te rías de mi cara de dormida...
lm-No me rió, me encanta tu cara de dormida. Pero en realidad es porque has venido a Rosario detrás de mí sin haber dicho nada.
Se movió para poder besarme, ya que una mesa se interponía entre nuestros labios.
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