lunes, 14 de mayo de 2012


Capítulo 36 :)
ro-¿Sabes? Si yo fuese normal...y engañaran a mi hermana, tendría ganas de pegarle, pero hay algo ahí que me impide si quiera odiarle...o no querer volver a hablar con él. Ve mañana al entreno anda, he hablado con Gerard, quiero que vallas, es más, te obligo.
i-Tu también tienes que ir a entrenar...
ro-Puedo entrenar sin que tu me mires, ve.
Nos acostamos, sonó el despertador, desayuné y me fui al entreno, allí todo fue común, los chicos bromearon con Leo relatando sus dos goles la noche anterior, y poco más. No entendí por qué me habían hecho ir hasta que al final, Gerard me cogió a caballito y me hizo bajar al vestuario. Me tapó los ojos con una benda e intentó hacerlo bonito, para que yo no me quejara. Las manos, me las colocaron detrás entre Masche, Pep y Gerard, y las enrollaron con unas diez vueltas de cinta adesiva. Lo mismo hicieron con las piernas y luego me pusieron una mordaza. Todo extraño, pero lógico para saber que Gerard estaba en ese grupo de locos, hasta que me cogieron y empezaron a llevarme, como un saco de patatas al parking, y me encerraron en un maletero. Yo empecé a chillar sonidos sin sentido, ya que hablar no podía, el coche aceleró. Estaba tan oscuro que no se veía absolutamente una sombra, me quedé quieta, sentí los acelerones bruscos y velocidad reducida a la vez...esa forma inconfundible de moverse por ciudad, tenía que ser Leo. Entonces sí, me puse a chillar como una poseida. estaba muy asustada, a pesar de que conocía a Leo, no sabía de lo que era capaz en un arrebato tal como el que le estaba sufriendo, pero lo peor, quizá, era que mi hermano era cómplice, cómplice de secuestro, con sólo dieciseis años.
Calculé que estuve casi veinte minutos chillando y pataleando hasta que aparcamos. Leo bajó del coche y cerró su puerta. Oí sus pasos acercarse más y más al maletero y abrir el pestillo que nos separaba. Volví a chillar, enloquecida. Estábamos en un bosque y comprendí que no me serviría gritar...Leo tenía el dedo índice sobre la boca, pidiéndome silencio, me miraba a los ojos, él tenía tantas lágrimas como yo. Me di cuenta de que no tenía intención alguna de hacerme ningún daño, es más, sufría por mi.
Me cogió en brazos como a un bebé y me callé, quedando totalmente paralizada, me sentó, ayudándome a apoyar los pies, atados sobre el suelo del bosque.
l-Por favor Iria, no llores, porque yo me estoy muriendo por soltarte. Cuanto antes escuches esto, antes te soltaré. No pienso hacerte más daño del que te haya causado, sólo escúchame.- Vocalicé lo mejor posible para pedirle que el menos me quitase la mordaza. Lo hizo. Se puso de cuclillas en frente mio y pellizcó mi mejilla, sonriendo.-Perdonemé por esto.
i-Leo, no puedes hacer las cosas así, seguro que hay alguna forma por lo legal. Un mensaje, o ...
l-Ya he pasado el límite de mensajes por los que te pueden denunciar por acoso, no los has leido, y ya no es legal. Te he llamado demasiadas veces como para que no denegaran la orden de alejamiento...he intentado decírtelo a la cara en el entrenamiento del otro día, yestoy seguro de que no me hubieses abierto la puerta si hubiese ido a verte.
i-De todos modos, Leo, en dos semanas todo puede cambiar mucho, y de hecho, ha cambiado mucho.
l-En mi vida no, yo te sigo queriendo como hace dos semanas...y como siempre.
i-Poco.
Se acercó y volvió a colocarme la mordaza.
l-Escucha. Yo...tu el otro día pensaste que había pasado algo que no me entra en la cabeza ni siquiera. Dos no ejem si uno no quiere.-Me rei por el cambio que le había hecho Leo a la expresión.-Antonella se enteró de que estábamos juntos y vino a intentar "reconciliarnos"...Cuando viniste yo no llevaba camisa porque estaba en mi casa, echando la siesta, a gusto, hasta que ella se presentó. Y por lo del carmín en el cuello, bueno...-Sonrió.-Ella intentó llegar al labio, pero me puse de puntillas. Lo intentó, pero no consiguió nada de nada...bueno, puede que realmente consiguera separarnos, que era lo que quiso. Yo te amaba, y te amo a ti.-Leo no había dejado de mirarme a los ojos, ni parpadeado desde que me recolocó la mordaza. Con aquello último de "yo te amo" sentí una fuerza sobrenatural que tiraba de mi hacia él, e intentando desequilibrarme lo mínimo posible, apoyé mi cara en su hombro, a modo de abrazo sin manos. Aunque seguro, que de haber tenido manos y brazos libres, le hubiese besado de tal forma que hubiese subcionado cualquier casual resto de saliva de su dulce boca. Me quitó la mordaza, luego el esparadrapo de las manos y por último, me ayudó a quitarme el de los pies, rozando así sus manos con las mías.

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